Por: Pablo Andrés Muñoz Castrillón
En abril de 2022 realicé un ejercicio de observación fotográfica en Tasajera, Magdalena, en el delta que conecta la Ciénaga Grande de Santa Marta con el Mar Caribe. El trabajo partió de un interés metodológico: usar la fotografía como herramienta de investigación para observar interacciones sociales en torno a la pesca. Me interesaba seguir una cadena de acciones y relaciones: salir al agua, esperar, sacar la red, trasladar el producto, venderlo, transformarlo y, al final del día, conversar sobre lo que ese oficio ha sido y sobre lo que está dejando de ser.
La fotografía apareció en este proceso como una forma de atención. El ejercicio consistía en mirar cómo se organiza una jornada, cómo se distribuyen las tareas, cómo circula el pescado y cómo una imagen, puesta de nuevo en manos de quienes fueron fotografiados, activa recuerdos y preguntas sobre el tiempo. De ese recorrido resultaron 150 fotografías. La revisión posterior me permitió ordenar la secuencia y mirar con detalle las relaciones entre las personas involucradas. Al mirar ese material con detenimiento, entendí que la pesca constituye una trama de tiempos, alianzas, ruidos, silencios y memorias.
Entrar al territorio desde la observación
El ejercicio comenzó con un recorrido por los manglares. Antes de encontrar a los pescadores, el desplazamiento por los canales insinuaba algunas coordenadas del lugar: la densidad vegetal, la circulación del agua, la presencia de aves y la relación entre quietud y movilidad. Este primer momento me permitió entender que la pesca ocurre dentro de un entorno que condiciona ritmos, trayectorias y formas de atención.

En contextos como este, observar implica aceptar que la jornada tiene un orden propio. Durante la mañana me encontré con Jairo y Rubén, dos pescadores amigos que trabajan juntos. Ellos salen temprano a dejar una red que llaman chinchorra; esta puede medir hasta trescientos metros. La dejan bajo el agua formando una especie de corral y regresan más tarde para sacarla. En medio de esa espera vuelven a desayunar, conversan con vecinos y luego retoman la faena. Seguirlos con la cámara permitió comprender que una jornada de pesca está hecha de interrupciones, de paciencia y de espera. Hay una temporalidad fragmentada que responde a lógicas propias del oficio. La red queda en el agua, ellos se retiran y el tiempo corre debajo de la superficie.

La canoa, el silencio y la coordinación
Una parte decisiva del ejercicio ocurrió sobre la embarcación. Allí las interacciones eran contenidas. La relación entre Jairo y Rubén durante la faena estuvo marcada por el silencio. La ausencia de motor hacía que el desplazamiento dependiera del canalete o del remo. El ruido del agua, el roce de la madera y los movimientos del cuerpo adquirían protagonismo. La comunicación se producía con miradas y gestos breves.
Observar este momento permitió notar una coordinación afinada por la costumbre. Mientras uno impulsa la canoa, el otro hala la cuerda de la chinchorra. Después ambos siguen sacando la red, quitando ramas enredadas y revisando la aparición de peces. El proceso puede durar treinta minutos. Es una acción lenta y repetitiva donde la paciencia se vuelve una condición del trabajo. Durante esta faena la pesca fue escasa. El registro servía para mirar lo que efectivamente ocurría: la red salía con pocas capturas y tras ese resultado los pescadores regresaron a empezar el proceso. La jornada continuaba incorporando la escasez a la tarea diaria.
La fotografía permitía registrar una forma de interacción difícil de condensar únicamente en notas escritas. El cuadro ayudaba a fijar relaciones espaciales y corporales: quién rema, quién hala, cómo se ubican en la balsa. Ayudaba a detener el gesto y la tensión de los hombros bajo el sol.

El mercado: el cambio en la intensidad
El tránsito hacia la plaza de mercado introduce un cambio en las interacciones. En el agua domina la contención. En el espacio de venta aparece una dinámica abierta y ruidosa. Allí confluyen pescadores de distintos puntos de la Ciénaga Grande, compradores, arregladores de pescado, cocineras y cargadores. La plaza organiza otro ritmo. El pescado entra en un circuito comercial y doméstico que implica clasificación, limpieza, empaque y consumo.
Aparecía un cambio en el ambiente sonoro hecho de gritos, silbidos y negociación de precios. Los pescadores exhibían el producto en la embarcación; otros pasaban la producción directamente a cajas. El espacio estaba lleno de herramientas: baldes, recipientes con hielo, cuchillos, cuerdas y tablas de madera. La fotografía ayudó a registrador cómo el oficio se desdobla en múltiples tareas conectadas.

En la plaza encontré una división del trabajo clara. Había personas dedicadas a arreglar los peces: quitar escamas y sacar intestinos. Otros se encargaban del empaque. Las mujeres preparaban diferentes comidas con el pescado disponible: fritos, sopas y tortas. Cada uno de estos momentos hacia parte de la vida del pez después del agua. Mirar la cadena completa permitía entender que la pesca abarca procesos que van mucho más allá de la captura.

La fotografía como detonante.
Al terminar la venta, los pescadores regresaban a sus casas y pasaban la tarde conversando en los afueras de las viviendas. Ese cierre de la jornada resultó importante porque allí el trabajo se transformaba en relación. El cuerpo dejaba de estar concentrado en la acción inmediata y empezaba a narrar y comparar. Pocas horas después de haber tomado las fotografías, compartí la pantalla de mi cámara con ellos. La cámara circuló de mano en mano y se produjo una conversación colectiva.
Las reacciones iniciales estaban ligadas al gusto por versos retratados en su trabajo. Comentaban el paisaje y reconocían escenas de la plaza. Sin embargo, la conversación tomó otro rumbo hacia la comparación con otros tiempos. Los pescadores registraban épocas en las que las faenas rendían mejor y los peces eran más grandes. Poco a poco llegaron más personas atraídas por la charla. Algunas sacaron herramientas para explicar su uso, vinculándolas con lo que veían en las imágenes.

En ese momento ocurrió algo que reordenó el sentido del ejercicio: alguien apareció con un retrato que tenía colgado en la sala de su casa. En la fotografía se veía un grupo de hombres cargando un pez de cuarenta y cinco kilos. Al mostrarla, manifestaron que ahora ya no hay nada. Ese instante condensó varias capas del trabajo. Estaba mi registro y estaba esa fotografía doméstica convertida en la muestra de otra época. La conversación entre esas imágenes producía una lectura del tiempo.
Reflexiones sobre el uso de la imagen
La fotografía en la investigación tiene capacidades de registro y de mediación. Permite fijar relaciones que en el terreno pasan rápido, ayudando a revisar después la posición de los cuerpos o la distribución de un espacio. Prolonga la experiencia del campo permitiendo regresar sobre detalles y verificar intuiciones. Constituye un dato que, aunque atravesado por la mirada de quien toma la foto, captura escenarios con gran autenticidad.
Al mismo tiempo, la imagen posee una utilidad en ejercicios de socialización. Cuando una fotografía se comparte, empieza a producir sentidos que dependen de la construcción social de quienes la miran. En Tasajera permitieron hablar de la escasez, del tamaño de los peces y de la memoria del trabajo. La imagen ayuda a que una persona se vea a sí misma, vea a otros y narre su propia historia.





