El río como vereda

Por: Pablo Andrés Muñoz Castrillón

En Colombia la discusión pública vuelve sobre cómo nombrar a quienes habitan las geografías rurales. Reemplazar la categoría de campesino por la de productor rural dentro de las políticas estatales reduce una trama cultural e histórica a un simple indicador económico. Quien produce abastece un mercado; quien es campesino sostiene un mundo de relaciones, memorias y pertenencias a la tierra.

Colombia se reúne alrededor de treinta y tres mil veredas, y la cuenca del Magdalena da sustento a miles de ellas y por esto, este texto reúne las reflexiones de un viaje etnográfico realizado en 2024 al Alto Magdalena, en una ruta para conocer de cerca este tramo del río. Entre Tarqui, Huila y Neiva la vida campesina transcurre en las orillas de los ríos y afluentes y trepa por las faldas de lass cordilleras Oriental y Central. Este tramo conserva una geografía quebrada donde la corriente busca zonas bajas, encontrando infraestructuras que condicionan las formas de vida. Mirar este territorio exige detenerse en lo cotidiano: puentes como el de San Esteban en Tarqui o el del Colegio hacia el municipio de El Agrado, y los vados tradicionales donde las familias historícamente han cruzado para intercambiar achiras, cacao o café. Para los pobladores de este trayecto, montaña y río forman una misma unidad de vida. El río opera como una vereda extendida que enlaza orillas distantes a través de redes de compadrazgo y vecindad.

El paisaje ha orientado las miradas de los campesinos y estos han recreado allí su mundo como pasa con el Cerro de Matambo, una gran mole de piedra que parte las corrientes del aire y articula relatos sobre las leyendas de Mirtayú y el Gigante. La gente lee formas humanas en las rocas y recuerda narraciones de resistencia indígena, historias que anticiparon los impactos provocados por los embalses. Jersaín, ingeniero geológico huilense que conocí en aquel viaje, explicaba esta conformación desde el choque de placas tectónicas que levantaron cordilleras y abrieron lechos de agua. Según su análisis, los pueblos coloniales y campesinos del Alto Magdalena se asentaron sobre laderas altas buscando resguardo frente a crecientes y temblores. La distancia física del agua obedeció a la seguridad de la vida, mientras caminos de herradura y afluentes como el Loro, el Suaza, el Timaná y el Páez trazaron las comunicaciones cotidianas. Y todo lo anterior es algo que nunca estará integrado en la concepción de un productor rural.

Oficios de la ladera y la vega

En este tramo del Magdalena registra una economía campesina sostenida por la unidad familiar, confirmando la observación de Orlando Fals Borda sobre las veredas organizadas a semejanza de familias extensas. Encuentramos cultivos de uva isabelina, maracuyá y cholupa en las vegas de Tarqui, mientras en Garzón y Gigante predominaron una agricultura de ladera volcada al café, el plátano, el maíz, el frijol y el cacao. En los valles de Campoalegre, Palermo y Neiva el terreno se ensancha dando paso a los arrozales y al pastoreo de ganado vacuno.

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La mirada atiende también los esfuerzos productivos por permanecer en el campo. En Gigante, la finca de don Arnulfo mostraba a una pareja joven tecnificando el beneficio del café para mejorar su comercialización. En Altamira, doña Susana y su nieto elaboraban chocolates transformando granos locales, mientras la fábrica de achiras Yusty generaba empleo a partir de una iniciativa familiar. En los bordes de las hidroeléctricas persisten economías de subsistencia, como la pesca y la pequeña agricultura, por ejemplo, en un sector que denominé El Limbo, encajonado en la desembocadura del río Páez entre El Quimbo y Betania, Alex sobrevive como campesino y pescador, sembrando pancoger en parcelas que dependen de las descargas de los embalses. Su labor diaria demuestra que la producción campesina contiene un lazo con los ciclos de la tierra que desborda cualquier equilibrio agroindustrial.

Espacios del desarraigo

El registro visual cambia al entrar a los asentamientos construidos para reubicar a las familias que perdieron su tierra y su agua por la represa de El Quimbo. Zoyla, pobladora de La Jagua, Huila, relató los procesos de resistencia comunitaria frente a la empresa Engesa, oponiéndose al despojo de sus áreas de trabajo y rechazando compensaciones pensadas para convertirlos en obreros de obra civil.

En Escalereta, caserío cercano a La Jagua sobre la vía a Tarqui, El poblado reúne veinte familias en calles desoladas. Las viviendas presentan paredes blancas y techos verdes uniformes, configurando una arquitectura fría que recuerda campamentos de trabajadores temporales, distante de las tipologías de bahareque y corredores abiertos de la tradición huilense.

En San José de Belén, centro poblado entre Garzón y Gigante que agrupa a cerca de quinientas personas desplazadas de la ribera, las parcelas de compensación permanecen abandonadas por la esterilidad del suelo. Los habitantes reciben agua en carrotanques para llenar los tanques plásticos de sus techos. El río quedó sepultado bajo el embalse y el acceso a los afluentes permanece cercado.

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En la penumbra de una pequeña tienda veredal, la dueña muestra fotografías del antiguo cauce colgadas en la pared, la imagen fija sobre el muro constituye el único medio que le queda para volver a mirar el río de cerca. Su gesto revela que el territorio campesino comprende memorias, afectos y arraigos que ninguna reubicación técnica logra restituir. Tratar a estas comunidades como simples productores rurales desdibuja su historia; este viaje me mostró que el concepto de campesino se reafirma el derecho a habitar la tierra con memoria y dignidad.