Por: Pablo Andrés Muñoz Castrillón
Mayo del 2023
01:50 am
Tengo entre las manos Vivir para contarla, la autobiografía de Gabo. En el segundo capítulo, él reconstruye desde el recuerdo su casa en Aracataca y la vida de sus tías. Describe la geografía de la provincia de Padilla, suspendida entre la Sierra Nevada y el Perijá. Al leerlo, regreso inevitablemente a la casa donde crecí en Puerto Berrío. Hace poco hablaba sobre las variedades de mangos y sentí una tristeza profunda al darme cuenta de que muchas de ellas no las pruebo desde que era un niño. Volví al libro, pero mi pensamiento se quedó circulando en esa casa al lado del Magdalena, poblada de árboles de mango, palos de papaya, tamarindo y carambolos; llena de flores de curazaos y sanjoaquines.
Intento procesar demasiados elementos que a veces se vuelven abrumadores. Como cronista en formación, prefiero empezar por el antes de este texto. Anoche revisé la bandeja de entrada del correo y me quedé pensando en lo que se narra, en lo que uno desea contar y en el tono para hacerlo. Si tuviera que nombrar este intento narrativo, sería Añoralgia : la nostalgia de lo que algún día fue y la añoranza de que vuelva a pasar. Escribir y escribirse es una catarsis que brota del fondo del alma. Escribo lo que dura más de una semana dándome vueltas en la cabeza; es un mecanismo de defensa, un filtro para el ruido ensordecedor que a veces es el pensamiento. Así pasaron los últimos días, buscando el sentido de narrar un pueblito metido en la entraña del Magdalena, entre café y cigarrillos.
Me acosté medio ebrio y hace un rato me despertaron tres cosas: una fiebre con tos, la inquietud de uno de mis perros que no pudo correr por la lluvia y las ganas de escribir. Antes de sentarme, salí un momento y vi una zarigüeya en el árbol de mango de la entrada. Estaba empapada y solitaria. Encendí un cigarrillo y me quedé mirándola hasta que se perdió entre las ramas. Pensé mucho en la soledad.
02:25 am
La imagen de la zarigüeya me trajo el recuerdo de un libro de George Steiner: Diez posibles razones para la tristeza del pensamiento . Lo busqué y releí su primer párrafo: “Esta es la tristeza que se adhiere a toda vida mortal… el velo de la pesadumbre que se extiende sobre la naturaleza entera… toda personalidad se apoya en un fundamento oscuro, que debe ser también el fundamento del conocimiento” .
Recordar estas páginas que leí hace trece años me ayudó a entender por qué busco ahora mis cuadernos de infancia. Este texto es un producto del vino, de cuestionar la vida, el tiempo y lo que hacemos. A veces creemos que perdemos las facultades infantiles, pero la memoria y el saber que olvidamos las traen de vuelta. Los recuerdos son mentiras que asumimos y compartimos. Pienso también en la palabra siempre. Creo que es una utopía; uno la menciona y el horizonte se amplía para seguir caminando. Me pregunto si hay alguna palabra que encapsule la nostalgia y el miedo al mismo tiempo. Creo que lo más cercano es el pensamiento.
02:50 am
Sé hacer muy pocas cosas en la vida: andar por ahí sin mucho sentido, tomarme un tinto en un pueblo desconocido, hacer fotos sin pedir permiso y escuchar. Eso que considero que hago bien nace de mi infancia. Hablo desde ahí porque es el único certero que tengo para aventurarme a filosofar sobre la memoria. Ver fotos viejas ayuda a combatir la incertidumbre.

Tengo aquí unas fotos de mi mamá en el río. Metafóricamente, estas son mis primeras fotografías en el agua. Cuando las personas comparten sus recuerdos, lo hacen con la noción de que son colectivos. Por eso hay quienes nos recuerdan hechos en los que estuvimos solos; en realidad nunca estamos del todo solos. Guardo un cariño especial por la primera foto que me hizo mi mamá. Fue tomada con una Olympus Trip 35 que un tío se ganó en una rifa. Fue la primera vez que pudimos producir nuestras propias imágenes.

La fotografía aparece entonces como un ancla. En un mundo donde el olvido es una amenaza constante que condena a numerosos espacios en blanco, la imagen fija se vuelve un acto de persistencia. También conservo la primera foto que logré capturar en mi vida. Recuerdo la fascinación de hacerla y la espera de varios días para ver el revelado. Esa espera, ese tiempo entre el clic y la aparición de la imagen, es donde se cocina la memoria. La fotografía es solo el registro de lo que pasó y la prueba de que nuestra mirada estuvo allí, intentando asir algo que ya se estaba yendo.
En esta búsqueda, entiendo que las narraciones son obras literarias; importa la historia, pero sobre todo cómo se cuenta. Gabo decía que la vida no es lo que uno vivió, sino lo que recuerda y cómo lo recuerda para contarla. Lo que somos se extiende hasta donde llegan los recuerdos de una mente solitaria. Pensar lo que somos supone un trabajo constante sobre uno mismo para mantener esos fragmentos vivos. Perder un recuerdo significa que ese acontecimiento fue vivido por otra persona distinta; si lo perdemos, nunca más podremos apropiarnos de nuestra propia historia. La cámara, entonces, es una extensión de esa voluntad de no desaparecer.

