La ventana y el mapa: Una filosofía del andar

Por: Pablo Andrés Muñoz Castrillón

Para muchos, viajar es una acumulación de sellos, una lista de chequeo dictada por un algoritmo o la captura de un paisaje diseñado para el consumo. Para mí, viajar es un estado del cuerpo y una operación de la memoria. Es, ante todo, una forma de estar quieto mientras el mundo se mueve; un ejercicio de contemplación y un dispositivo de pensamiento.

El mapa en el piso: El origen

Mi relación con el viaje no empezó viajando, sino en el piso de mi casa en el Magdalena Medio. Crecí en un contexto de sobreprotección, hijo de una época donde el afuera era sinónimo de peligro. Mi madre, en un bello gesto, extendía mapas escolares en el suelo y me pedía buscar pueblos minúsculos. Allí, midiendo distancias con los dedos, aprendí que el mundo podía ser andable. Esa cartografía temprana era la geografía del deseo y la convicción de que cualquier punto remoto podía ser alcanzado si uno se atrevía a trazar una línea o contar con los dedos.

Desde entonces, viajar se convirtió en mi “excusa” para existir. No viajo por ocio, viajo porque hay preguntas que solo se responden andando, o porque hay afectos que requieren la presencia física para seguir vivos. El viaje me ha permitido transitar la vida, la antropología y las imágenes. Viajar es la forma más sensata que he encontrado para habitar mis preguntas.

Viajar no es hacer turismo

Existe una tensión entre el viajero y el turista. El turismo es una experiencia prefabricada, un simulacro de la realidad donde el itinerario es una camisa de fuerza. Es un performance donde el paisaje se convierte en escenografía y el habitante local en un actor de su propia cultura para satisfacer una mirada que busca el consumo. El turismo busca lo pintoresco y lo que encaja en la pantalla, ignorando las grietas, las ausencias y las luchas materiales que sostienen esos lugares. Es una mirada que llega y se va, sin dejarse atravesar por el cuerpo.

Viajar, en cambio, es un acto de desaprendizaje y de escucha. Viajar permite que el lugar se atraviese con su ruido, su precariedad y su belleza. Mientras el turista busca la foto que valide su presencia, nosotros los viajeros buscamos el vínculo que transforme la mirada. Viajar habita la deriva, cambiar el rumbo porque alguien te invitó a un tinto en el patio de una casa o porque una trocha sugirió una historia mejor. Es tener el tiempo de no hacer nada, de simplemente estar, sintonizando el cuerpo con el ritmo de una canoa o el traqueteo del bus.

La cámara: Escucha y poder

Como documentalista, mi cámara es mi compañera de ruta, pero también es un recordatorio constante de mi posición en el mundo. La cámara otorga privilegios, abre puertas y, a veces, protege; pero también puede ser una barrera o una herramienta de poder si no se usa con cuidado. En mis viajes, intento que la cámara no sea un dispositivo de captura o extracción, sino un dispositiva que aprende y escucha. Una cámara que escucha el silencio de la ciénaga o el rumor de los transeúntes, evitando los estereotipos que solo ven una postal de tradiciones.

Hoy, mis redes sociales son mi archivo personal, una forma de sistematizar el asombro y de dejar rastro de los medios de transporte, las veredas y los rostros que componen la geografía. No publico para alimentar un mercado de experiencias, sino para cartografiar el pensamiento. Es mi cuaderno de campo digital, donde registro lo que parece que no pasa nada, pero donde en realidad está ocurriendo todo, por ejemplo, el cambio en el color de la tierra, la forma en que la gente camina y el simbolismo de cada lugar que visito.

El retorno a la pregunta

Viajar es, finalmente, un retorno constante a la pregunta inicial. Ya sea en un festival de cine en alguna ciudad o en una canoa mientras navego por el río Magdalena, el viaje me obliga a confrontar quién soy y cómo miro al otro. Es entender que cada desplazamiento deja una huella y que mi responsabilidad es que esa huella sea de respeto, de conocimiento y de dignidad para con las representaciones que me confían.

Sigo prefiriendo la ventana. Sigo prefiriendo el trayecto y no tanto al destino. Porque en ese movimiento suspendido, entre el mapa que imaginé de niño y la realidad que filmo de adulto, es donde realmente sucede la vida. Viajar es aprender a mirar lo que tenemos cerca con la profundidad que se merece.